El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Tuesday, April 04, 2006

Satélites y voladores

Vuelvo con el descaro de un paracaidista que cae cuando quiere. ¿O cuando puede? Aún en su propia casa. Han pasado varios días de silencio y algunas horas de ausencia. Pero he vuelto, los ojos llenos de sol y los dedos ágiles para contarles.

Vamos a lo importante. No hubo nuevas conquistas, sí un encuentro insólito con un hombre que podría ser extraterreste. Ahora mismo, mientras escribo siento que me mira por la ventana. Aunque él esté en México y yo en Buenos Aires. Christophe me lleva algunos años. Ni tanto ni tan poco. Es flaco y carga una incipiente depresión. Quizás tiene que ver con su matrimonio de unos 17 años, en plena crisis. ¿Vieron esa gente con los ojos levemente hundidos? Los de él son así. Como si estuvieran más cerca del cerebro. Como si miraran desde lejos. Son grises, gris oscuro, gris topo, gris plomo.
Christophe es atento y profundo como las grietas que se le forman cerca de la boca. También es francés, pero de ahí no viene mi sospecha sobre su extraterrenalidad.

El hombre se dedica a vender satélites. Viaja por el mundo y contacta gobiernos para que le compren satélites que cuestan entre cincuenta y doscientos millones de euros. Muchos ceros, ¿no? Los países usan los satélites para las telecomunicaciones, para la ecología, para cuidar sus fronteras. Para controlar. Un satélite es lo más indiscreto que se haya visto y su descarado voyeurismo aún no está legislado. ¿Tenés la ventana abierta? ¿Ves el cielo? Alguien te puede estar mirando el ombligo. Por poner un ejemplo. Christophe no mira, él vende. Al menos eso me dice. Sin embargo no se comporta como un vendedor. No tiene respuesta para todo. Es reservado y hasta algo tímido. En realidad, ahora que lo pienso, tiene una característica de vendedor: es paciente. Vender un satélite lleva entre siete y diez años.

Nos conocimos en la Pirámide del Sol, en Teotihuacán, un lugar "con una energía especial", como dicen los que creen. Para mí fue una energía espacial. De espacio habitado por satélites que dan la vuelta a la Tierra en 130 minutos. En el mundo hay sólo cinco empresas que fabrican satélites: una en China, otra en Rusia, una en Estados Unidos y dos en Europa. Una es la de Christophe, y su slogan es: all the space you need.
El encuentro fluye. De fluir de sangre de ríos de corriente eléctrica de banda ancha. Estamos con Ali en la cima de la pirámide, vestidas de blanco de la cabeza a los pies y con las palmas de las manos apuntando al cielo. “Así se van a cargar”, acota un maestro de escuela que anda por ahí. Necesitamos energía por eso nos quedamos hasta estar reloaded.

Antes de bajar el primer escalón, le pedimos a Christophe (en ese momento no sabíamos su nombre) que nos saque una foto. Así empieza todo, gracias a la digital de cinco coma dos pixeles. Seguimos juntos con la naturalidad de satélites moviéndose entre estrellas. Aquí no hay estrellas, hay gente, una via láctea de gente pisando suelos aztecas. Seguimos juntos esa tarde hasta la noche.
Nos volvemos a ver la próxima mañana, con cara de dormidos y rojos por el sol del día anterior. No sé si quedó claro, pero no dormimos juntos. Entre Christophe y yo no pasará nada más que energía por banda ancha de 1G.

El hombre habla bien español, inglés y algo de alemán. Leemos juntos la historia de los murales alucinantes de Diego Rivera, los que le dan la vuelta al primer piso del Palacio Nacional. Le gusta hablar en español y se excusa si pronuncia mal una palabra. De a ratos parece que tuviera vergüenza de ser francés, que hubiera preferido ser latinoamericano. Igual es apenas una idea que no pude comprobar en tan poco tiempo.
En un momento pasa esto: me doy vuelta y lo veo verde. Del verde oscuro que eligió mi amiga Ali para las cortinas nuevas de su casa. Verde oscuro y también extraño, como el de la aurora boreal de Alaska o Laponia. No me asusta verlo verde. Me hace acordar a una vez que vi a un hombre azul. Fue en el Tíbet, a casi cinco mil metros de altura. Después leí en una guía que alguien se podía poner azul como una consecuencia extrema del mal de altura. Siempre pensé que ese hombre murió después que lo vi. Suena trágico, a menos que celebremos la muerte, como los mexicanos.
Son las doce del día y hace calor. Estamos cerca del parque Chapultepec que tiene cientos de árboles verde oscuro. Trato de explicar lo inexplicable: por qué veo a un hombre verde. Espero que entiendan.

La última vez que lo veo, Christophe mira a los Voladores de Papantla en ese parque. Los voladores son hombres pájaro que imitando a los aztecas vuelan cabeza abajo (atados por la cintura) desde un poste de unos 25 metros que tiene un tambor que gira y gira y gira. Como la tierra alrededor del sol y los satélites alrededor de la tierra.
Según la tradición, los voladores realizan una danza para el creador. El poste representa la conexión entre la tierra y los cielos y a este se le enredan cuatro cuerdas que representan el cordón umbilical; los cuatro voladores suben y se sientan en la punta del poste. Se atan por la cintura con la cuerda. Hay un sacerdote que también sube y baila arriba de un tambor que está en la punta del poste y toca la flauta. Sus pisadas son llevadas hacia la tierra y los sonidos de la flauta van al cielo. El tambor representa los latidos de la tierra y los sonidos de la flauta, los relámpagos.
Después, el sacerdote se sienta en el tambor y los voladores se dejan caer de espalda hacia el vacío sujetados por la cuerda en su cintura, su peso hace que el marco completo junto con el tambor giren y los voladores caigan lentamente en círculos, son exactamente 13 revoluciones alrededor del poste antes de tocar tierra, este numero de 4X13=52 representa Venus, la estrella de la mañana y su influencia sobre la tierra, este simbolismo está también en el calendario Azteca, otra prueba de su conocimiento profundo sobre astronomía.

Christophe mira a los voladores de Papantla y yo lo miro a él y busco signos del espacio exterior. No los encuentro. Hasta que nos cruzamos la mirada y me parece que sus ojos están dentro mío, recogiendo información para después retransmitirla. Su mirada no tiene luz propia, brilla por la luz del sol. Me gustaría preguntarle adónde mandará la data de mi interior. Pero no le digo nada y nos despedimos con dos besos (a la francesa) y un abrazo tibio, con hueco en el medio. Quiero decir, no tan pegado como para sentir si los vendedores de satélites usan corazón.
Me voy al museo de Frida Kalho. Christophe tiene una reunión de trabajo en Satélite (otro día hablaremos de las casualidades), una ciudad pegada al DF y sometida a su influencia.

***

Esa noche, Christophe llamó dos veces al celular de mi amiga Ali. Pero ella estaba en otra galaxia y no lo escuchó. En los mensajes decía que necesitaba hablar conmigo. Cuando Ali los escuchó, yo volaba hacia Buenos Aires. Lejos de él y un poco más cerca de los satélites.

5 Comments:

Anonymous Chichester said...

Mata Hari galactica!!
Y tus abuelos que dicen sobre tus encantos? El morocho, Richard, Christofe, es que nadie resiste tu perfume, Hortensia?

8:51 AM  
Blogger Hortensia said...

Chichester!

Mis abuelos no dicen nada porque no tengo abuelos. Por eso hago lobby yo misma, já. ¿y vos cómo andás?

PD. El Omnia de Bvlgari es irresistible, pero es muy suave y hay muchos que no llegan a olerlo. A ellos, a los que no caen en la red les dedicaré un post con todo cariño.

11:19 AM  
Anonymous Florinda said...

Conexión intragaláctica satelital y chamánica... no te intriga Hortensia qué es lo que tiene para decirte Christophe?? por favor, sin llegar a la indescrecion, y si alguna vez te lo deja caer vía satelital su mensaje... hacenoslo saber!!!

6:44 AM  
Anonymous Anonymous said...

estamos esperando accion
Cannabio Sativo

8:09 AM  
Anonymous Ali, la del DF said...

Andale pues, Horte, por qué no te decides de una vez por un mortal con quien recorrer todas las galaxias conocidas y de las otras?
Estoy segura q puedes lograrlo.. muy pronto!
=)
Te extraño, mi cuate!

8:47 AM  

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