El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Friday, April 28, 2006

Match de la selva

Este lugar es verde y rebelde, caliente por tarde y helado por la noche, siempre húmedo y con una tierra roja que insiste en quedarse pegada en las zapatilas y en los pantalones. Como si quisiera que el que llega se la llevara puesta, como sea. Que salga manchado.

Estos días me alcanzaron para dos selvas en realidad. Una, llena de japoneses y cámaras y aventuras programadas. Un Disney del tercer mundo, con una escena pseudo-romántica frustrada que ya les contaré.

La otra selva es más oscura y misteriosa, con historias de yaguaretés y vívoras venenosas, más parecida a la que habrá visto Horacio Quiroga en sus tiempos de juez de paz.

Esa selva queda lejos, a muchos caminos de tierra y de pozos y de piedras de distancia. Sin conexión a Internet, sin teléfono, sin luz.

En mi vuelta de la selva vean de qué me entero. Como si fuera apocado el cínico del que me vengo librando me quieren presentar a www.mundodelcinismo.blogspot.com

Fíjense, a ver si también creen que matchearíamos: http://www.malaspalabras.com/los-presento/

Tuesday, April 18, 2006


El castigo incompleto

Me quedé pensando, Robertino. ¿Nos habrá faltado un padre golpeador? ¿O una maestra con regla? ¿Seremos masocas? ¿Fuiste a un colegio católico? ¿Por qué necesitamos castigos completos... si en el fondo hablamos de un castigo? ¿No sería mejor que no se completara nunca?

Estoy preocupada por vos, Robertino. Te imagino sentado en un sillón, con las persianas bajas, el corazón destrozado en la mano y una alfombra de la piel que más te gusta a tus pies. Digo esto porque creo que cuando uno se alista para destrozar un corazón con tu decisión es entre otros motivos porque esa piel que desea le ha prometido el cielo. ¿O ya se lo ha dado?

Creo que me estoy metiendo demasiado en tu vida, Robertino, y eso no está bien. Lo último: ¿No me digas que en la cama también te gusta recibir algunos chirlos?
¡Robertino!

Sunday, April 16, 2006


Amor injusto

Ahora mismo, él piensa en mi y yo pienso en otro y el otro piensa en otra y la otra piensa en varios y los varios sufren por una que está en otra. Así es el amor, la, la, la, la.

Estoy hasta la coronilla, tú no eres mi media costilla, ni la octava maravilla y sin embargo me okupás este domingo de sol, ay.

La canción de nunca acabar viene por la novela negra. ¿Recuerdan a Eliseu Bras, mi última conquista? El negro volvió en busca de la respuesta que nunca tuvo. Esto es lo que me dice en su correo:


Estimada Hortensia!
Lamentei bastante por nao ter me correspondido. fiquei
sem saber oque fazer e em ponto esto. amiga ficou silencio. mas acho que e bom
dar a resposta por favor. porque cada dia que passa o meu coracao alimenta-se de
esperanca. olhando sempre para para o ocidente. tu es um anjo que....es o
espirito santo ....nao sei oque realmente que te dizer.
subescrevo me com
alta simpatia e estima.
Do teu fa
ELISEU

Miren la foto. Ahí vive y trabaja Eliseu. ¿Cómo puede existir una pena de amor o de lo que sea en este lugar? ¿Cómo se puede estar incompleto en el paraíso? Debe ser que el paraíso no existe. Sí, el paraíso es un fucking lugar común del que hay que escarpar. O será que uno nunca se completa y vaga como un linyera en busca de la completud. Mejor me tomo un reggaetón para calmar esta acidez.

Tu eres mi cachorrita, mamá, yo soy tu perro y voy a moldelte... ¿por qué no vienes y poltas mal?

En cualquier caso y a pesar de la injusticia del amor no correspondido, voy a responderle a Eliseu.
Quizás mi próximo post sea desde algún lugar en el Oceáno Indico. Quién sabe.

Thursday, April 13, 2006

Tributo a los juébados

En el maravilloso mundo de los camefantes, las cebrallascas y los pejelagartos, del que ya les contaré, los juébados son un día extra en el calendario. Un año bisiesto que cae todos los años. Los juébados son días robados a la Matrix, días callados de tránsito, días para hacerlos tuyos, ¿qué estás esperando? Sacále el jugo, chupále el dulce o el salado, lo que más te guste.

Los juébados la gente es más amable y está floja, no usa ni traje ni trajecito. ¡No vayas a un supermercado un juébado! Por favor, no lo hagas, atentarías contra la naturaleza del juébado, que está lejos de hacer ese tipo de colas, de pedir permiso a changuitos desubicados, de pagar cuentas. No, los juébados nacieron para la fiaca, para la risa, para la música. Perdón, me voy a poner un CD y vuelvo. Preferiblemente, son días sin agenda. Días de tregua. Días de libertad.

Ojo: vean que si bien los juébados pueden oler a asado, esa actividad es más propia de un viemingo, que tiene otro espíritu. No se confundan.

Hoy, por ejemplo, es un juébado, una suave intersección entre un jueves y un sábado. Un día para despertarse tarde y tomar mate al sol. Un día único, aunque no te des cuenta. Los juébados son días de gloria que muchas veces pasan sin gloria. Por eso, mi sencillo homenaje.

(Mejor voy a levantar las persianas o todo esto parecerá una farsa, teniendo en cuenta que pasaron las dos de la tarde y cada vez queda menos juébado, ay)

Monday, April 10, 2006


¿Vieron Match Point?

Hoy siento que a pesar de haber cometido una infracción, la pelota cayó de mi lado, la suerte está conmigo y zafé. No maté ni violé ni robé. Tampoco fui infiel, já. Igual me siento culpable y creo que en el subte me miran y camino con la vista en las baldosas, llenas de mierda, ahora que las veo. No crucé un semáforo en rojo ni estacioné en doble fila. Hice algo que merecía un castigo y no lo tuve. ¿Alguna vez les pasó?

Mi caso es tan obvio como el del chico lindo de Match Point, bastaba despertarse medianamente inspirado para atar cabos y ver quién era el culpable. Sin embargo pasé silbando delante de las narices de Poirot y no me vio. La única diferencia con el chico de Match Point es que él lo hizo con inteligencia y en mi caso fue pura necedad. De verdad, nunca pensé el asunto con gravedad. Un amigo me dijo: "pecaste de ingenua", pero sé que más bien fui una boluda.

Hay un par de diferencias más, en realidad, con el chico lindo de Match Point: que no maté ya se las dije (perdón los que no vieron la película), la otra es que seguramente hoy él disfruta de su vista absurda del Támesis, con una esposa más dulce que el dulce de leche de Pérsico (con brownie, claro) y mucha riqueza por delante.

La investigación ha concluido, la suya, digo. En mi caso, todavía temo mientras me como una ensalada de rúcula. Temo que quizás mañana Poirot sí se levante inspirado y yo aparezca delante de sus ojos. Temo. Como si no aceptara que la suerte está conmigo. Como si la alegría de hoy no me alcanzara. ¿Alguna vez les pasó?

Tuesday, April 04, 2006

Satélites y voladores

Vuelvo con el descaro de un paracaidista que cae cuando quiere. ¿O cuando puede? Aún en su propia casa. Han pasado varios días de silencio y algunas horas de ausencia. Pero he vuelto, los ojos llenos de sol y los dedos ágiles para contarles.

Vamos a lo importante. No hubo nuevas conquistas, sí un encuentro insólito con un hombre que podría ser extraterreste. Ahora mismo, mientras escribo siento que me mira por la ventana. Aunque él esté en México y yo en Buenos Aires. Christophe me lleva algunos años. Ni tanto ni tan poco. Es flaco y carga una incipiente depresión. Quizás tiene que ver con su matrimonio de unos 17 años, en plena crisis. ¿Vieron esa gente con los ojos levemente hundidos? Los de él son así. Como si estuvieran más cerca del cerebro. Como si miraran desde lejos. Son grises, gris oscuro, gris topo, gris plomo.
Christophe es atento y profundo como las grietas que se le forman cerca de la boca. También es francés, pero de ahí no viene mi sospecha sobre su extraterrenalidad.

El hombre se dedica a vender satélites. Viaja por el mundo y contacta gobiernos para que le compren satélites que cuestan entre cincuenta y doscientos millones de euros. Muchos ceros, ¿no? Los países usan los satélites para las telecomunicaciones, para la ecología, para cuidar sus fronteras. Para controlar. Un satélite es lo más indiscreto que se haya visto y su descarado voyeurismo aún no está legislado. ¿Tenés la ventana abierta? ¿Ves el cielo? Alguien te puede estar mirando el ombligo. Por poner un ejemplo. Christophe no mira, él vende. Al menos eso me dice. Sin embargo no se comporta como un vendedor. No tiene respuesta para todo. Es reservado y hasta algo tímido. En realidad, ahora que lo pienso, tiene una característica de vendedor: es paciente. Vender un satélite lleva entre siete y diez años.

Nos conocimos en la Pirámide del Sol, en Teotihuacán, un lugar "con una energía especial", como dicen los que creen. Para mí fue una energía espacial. De espacio habitado por satélites que dan la vuelta a la Tierra en 130 minutos. En el mundo hay sólo cinco empresas que fabrican satélites: una en China, otra en Rusia, una en Estados Unidos y dos en Europa. Una es la de Christophe, y su slogan es: all the space you need.
El encuentro fluye. De fluir de sangre de ríos de corriente eléctrica de banda ancha. Estamos con Ali en la cima de la pirámide, vestidas de blanco de la cabeza a los pies y con las palmas de las manos apuntando al cielo. “Así se van a cargar”, acota un maestro de escuela que anda por ahí. Necesitamos energía por eso nos quedamos hasta estar reloaded.

Antes de bajar el primer escalón, le pedimos a Christophe (en ese momento no sabíamos su nombre) que nos saque una foto. Así empieza todo, gracias a la digital de cinco coma dos pixeles. Seguimos juntos con la naturalidad de satélites moviéndose entre estrellas. Aquí no hay estrellas, hay gente, una via láctea de gente pisando suelos aztecas. Seguimos juntos esa tarde hasta la noche.
Nos volvemos a ver la próxima mañana, con cara de dormidos y rojos por el sol del día anterior. No sé si quedó claro, pero no dormimos juntos. Entre Christophe y yo no pasará nada más que energía por banda ancha de 1G.

El hombre habla bien español, inglés y algo de alemán. Leemos juntos la historia de los murales alucinantes de Diego Rivera, los que le dan la vuelta al primer piso del Palacio Nacional. Le gusta hablar en español y se excusa si pronuncia mal una palabra. De a ratos parece que tuviera vergüenza de ser francés, que hubiera preferido ser latinoamericano. Igual es apenas una idea que no pude comprobar en tan poco tiempo.
En un momento pasa esto: me doy vuelta y lo veo verde. Del verde oscuro que eligió mi amiga Ali para las cortinas nuevas de su casa. Verde oscuro y también extraño, como el de la aurora boreal de Alaska o Laponia. No me asusta verlo verde. Me hace acordar a una vez que vi a un hombre azul. Fue en el Tíbet, a casi cinco mil metros de altura. Después leí en una guía que alguien se podía poner azul como una consecuencia extrema del mal de altura. Siempre pensé que ese hombre murió después que lo vi. Suena trágico, a menos que celebremos la muerte, como los mexicanos.
Son las doce del día y hace calor. Estamos cerca del parque Chapultepec que tiene cientos de árboles verde oscuro. Trato de explicar lo inexplicable: por qué veo a un hombre verde. Espero que entiendan.

La última vez que lo veo, Christophe mira a los Voladores de Papantla en ese parque. Los voladores son hombres pájaro que imitando a los aztecas vuelan cabeza abajo (atados por la cintura) desde un poste de unos 25 metros que tiene un tambor que gira y gira y gira. Como la tierra alrededor del sol y los satélites alrededor de la tierra.
Según la tradición, los voladores realizan una danza para el creador. El poste representa la conexión entre la tierra y los cielos y a este se le enredan cuatro cuerdas que representan el cordón umbilical; los cuatro voladores suben y se sientan en la punta del poste. Se atan por la cintura con la cuerda. Hay un sacerdote que también sube y baila arriba de un tambor que está en la punta del poste y toca la flauta. Sus pisadas son llevadas hacia la tierra y los sonidos de la flauta van al cielo. El tambor representa los latidos de la tierra y los sonidos de la flauta, los relámpagos.
Después, el sacerdote se sienta en el tambor y los voladores se dejan caer de espalda hacia el vacío sujetados por la cuerda en su cintura, su peso hace que el marco completo junto con el tambor giren y los voladores caigan lentamente en círculos, son exactamente 13 revoluciones alrededor del poste antes de tocar tierra, este numero de 4X13=52 representa Venus, la estrella de la mañana y su influencia sobre la tierra, este simbolismo está también en el calendario Azteca, otra prueba de su conocimiento profundo sobre astronomía.

Christophe mira a los voladores de Papantla y yo lo miro a él y busco signos del espacio exterior. No los encuentro. Hasta que nos cruzamos la mirada y me parece que sus ojos están dentro mío, recogiendo información para después retransmitirla. Su mirada no tiene luz propia, brilla por la luz del sol. Me gustaría preguntarle adónde mandará la data de mi interior. Pero no le digo nada y nos despedimos con dos besos (a la francesa) y un abrazo tibio, con hueco en el medio. Quiero decir, no tan pegado como para sentir si los vendedores de satélites usan corazón.
Me voy al museo de Frida Kalho. Christophe tiene una reunión de trabajo en Satélite (otro día hablaremos de las casualidades), una ciudad pegada al DF y sometida a su influencia.

***

Esa noche, Christophe llamó dos veces al celular de mi amiga Ali. Pero ella estaba en otra galaxia y no lo escuchó. En los mensajes decía que necesitaba hablar conmigo. Cuando Ali los escuchó, yo volaba hacia Buenos Aires. Lejos de él y un poco más cerca de los satélites.