El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Friday, March 24, 2006

Richard: el día después

Si no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay 34 grados, sol y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.

Algunos tienen la certeza de los hijos, un marido, la casa propia, el mejor trabajo, un sueldazo. La mía, mi única certerza es que mañana volaré a Aruba, que pasado mañana estaré hospedada en un hotel con vista al mar turquesa, que el día después de pasado mañana alguien me contará sobre su vida en Aruba.
¿Movimiento infinito? ¿sueño del viaje interminable? ¿paisajes acumulados? ¿historias? ¿horas de vuelo? No lo sé, pero el viaje es mi certeza. La que me permite acostarme medianamente inspirada a pesar del bueno de Richard, que habló toda la noche y era tan estructurado que en un momento me dijo, como preguntándome, que si yo era ¿moderna?
Una vez leí un libro de Boris Vian, La Hierba Roja. En un momento dice algo así como que el recuerdo nunca es puro porque está afectado por los pensamientos, que lo custumizan como quieren (Boris Vian fue más poético, seguro).
No voy a decir que me lo imaginaba más alto, sería un detalle. Además, no era petiso para nada. Tampoco comentaré que usaba zapatos náuticos. Ni siquiera mencionaré sus patillas cuidadosamente afeitadas como triángulo isósceles.
Vamos a comer al nuevo Masamadre, en Olleros y Fraga, más coqueto que el anterior. Estoy famélica, así que mientras lo escucho me devoro la panera. Cuando la moza me sirve el vino a mí primero, él comenta: “Mirá, te lo dio a probar a vos”. Más tarde, cuando yo sirvo más vino porque las copas están vacías, me dice: “Uy, disculpá”.
No pasa nada, Richard.

Rewind. A Richard lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta del piso 25. Después un par de veces el año pasado, en el civil y en la fiesta de casamiento de Ali, mi amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de que estaba con su novia, me miró largo y con cierto placer histérico. También lo miré, más corto y cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.
De alguna manera, siento (sentía, bá) que la mirada lleva toda la información de una persona: aventuras, tristezas, perversiones, esperanzas y odios. La mirada es una etiqueta, en otro orden, un nombre. Durante mucho tiempo entendí a la gente sólo mirándola. También hablaba, claro. Pero el entendimiento se producía en el encuentro de miradas. Más o menos, como cuando los gemelos fantásticos chocaban los anillos. Pero los modelos están cambiando o las miradas vienen vacías o estaré envejeciendo.

Todo esto de la mirada es por Richard, que toca el portero eléctrico a eso de las 23.30. Cuando bajo y abro la puerta, me asusto (aunque sonrío, claro) porque no encuentro esa mirada que recordaba. Ya vendrá, pensé. Estará escondida, será tímida, va a aparecer. Espero. En lugar de la mirada, viene la comida y él me pregunta si no uso un cordón rojo contra la envidia (por los viajes, creo, cómo explicarle que son mis certezas, se complica) y él me muestra el suyo, entre otros varios collares y cintas que me hacen acordar más al cuello de un perro que al de Richard, el de la mirada histérica y celeste de cuando fuimos testigos del casamiento de Ali.

Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
- A mí siempre me fue el dulce de leche, dice.
- A mí me gusta el coco y la naranja, digo.
Él pone cara de no. Entonces yo cedo porque dicen que en la pareja hay que ceder, así que practico aunque no tengo pareja.
- ¿Chocolate te va?
Compartimos el postre. Me cuenta que los amigos le enseñaron a hacer patis al horno y que yo le parezco “de mundo” porque sé qué es el marquise.
- ¿Más vino, Richard?
- Uy, de nuevo, disculpá

La noche terminó en el auto. Ninguna ilusión, puras palabras (¡y yo que me había depilado!) Hoy, el día después, puedo decir que sé mucho de Richard. Sé sobre sus andanzas en moto, una choper, por la Patagonia porque en la época de Menem, cuando todo el mundo viajaba, él gastó en conocer Argentina. Sé que le gusta navegar, pero que vendió su barco y como no tenía trabajo al final “se lo comió”. Sé que tiene una madre y un hermano, que es peronista, “pero de Perón, eh”. Que estudió imagen y sonido, pero que también le gusta la producción, “puedo estar adelante y atrás de cámara, en las artes visuales, quiero probar todo”. Sé que fue coordinador de viajes a Bariloche y que tiene un perro que se llama Corcho “que es un hincha pelotas”. Sé sobre su ex novia y sé que tengo los ojos chinos por el vino (que me serví). También sé que el tiempo pasa y no veo tus ojos, Richard, no encuentro tu mirada. ¿Será que no hay buenos faroles en mi cuadra?
Se que no me gustaría estar pensando en quien estoy pensando y mucho menos contarlo. Lo sé, ¿y con eso qué?

También sé que en un rato me llamará la madre de Ali, mi amiga. Ayer, cuando le conté que saldría con Richard me dijo: “¡Taradita, yo te hice gancho! ¿No te das cuenta que le hablé a Damián (el marido de mi amiga Ali) de Richard y vos?” Antes de cortar el teléfono, me dijo: “Vos no le cuentes a nadie que vas a salir porque hay mucha envidia y dejáme a mí que le rezo a San Expedito para que se te dé”. De... Demás está decir que gracias, Clarita, mejor rezá por vos que yo me voy a Aruba.

Wednesday, March 22, 2006


Dar sangre

Anoche soñé con todos ustedes. Soñé que estaba en un edificio abandonado en Necochea, un lugar que no conozco. No había nadie porque era invierno. Soñé que me despertaba ahí, en un departamento lleno de habitaciones vacías. Estaban todas las puertas abiertas menos una. Di una vuelta por la sala, miré por la ventana. El mar bramaba como braman los ciervos en celo de La Pampa. Me quedé mirando un rato largo y vi una ola que mutó en ciervo gigante y después se deshizo en la arena. Era un día nublado. En la calle tampoco había nadie. Me dio miedo. Me sentí sola. Pero sola como nunca. Entonces abrí la puerta cerrada.

Ahí estaban todos ustedes y eran miles: 6200 para ser exactos. El cuarto no medía más de 4x4 y no entraban. Estaban apilados, alfombraban el piso, empapelaban el techo, eran las cortinas de las ventanas y me gritaban. Me gritaban más que mis ex novios 1, 2 y 3 juntos. Me gritaban como nunca nadie me gritó. “¡Queremos lágrimas!”, decían mostrando los dientes, las caries arregladas con láser los más modernos, los otros con plomo, y los que tenían dientes de menos me mostraban las encías.

“¡Danos sangre!, Hortensia ¡Queremos sangre de domingo!”, repetían. No en el sentido de donar, se entiende. Tenían los ojos grandes y endiablados. Pensé que podían ser vampiros. Me dio miedo otra vez, pero cuando vi que no me hacían nada, me tranquilicé. Eran sólo gritos desaforados. Como si estuviera en la primera fila del recital de los Rolling.

Quise salir, pero había tantos de ustedes que no pude. La puerta ya no se abría. Decidí llegar a la ventana reptando entre cabezas y codos y piernas y culos. Tardé, creo, muchas horas. Toda la mañana, tal vez. Cuando por fin la alcancé, la abrí y salté al césped (estábamos en el primer piso). Me quedé sentada en el jardín un rato. Ustedes seguían gritando, furiosos, temibles. Me miraban por la ventana. De repente, me puse a llorar y ustedes se fueron callando. Uno a uno hasta que Necochea quedó en silencio. En el silencio más callado que escuché en toda mi vida. Gracias a esa calma me volví a dormir, en el sueño.

Tuesday, March 21, 2006

Aguante en la gatera

Tengo un post en la gatera, pero lo voy a aguantar. Es una estrategia puramente especulativa. Lo sé y no me importa. Ustedes entenderán. Quizás se preguntarán por qué he tomado esta decisión. Digo, tal vez. Simple: era un post de domingo a las seis de la tarde. Día y hora de suicidios, tarde de familia. Hablo, claro, de los que no consumimos fútbol. Ellos tienen una ventaja incalculable en esa posesión fanática. Para qué decir si gritan los goles, si putean, si se mueven mientras miran, si consiguen atravesar la pantalla, invadir la cancha. Qué jugadores, esos.

Les decía, tengo un post en la gatera y lo voy a aguantar. No pienso contarles de qué se trataba. No es maldad, sí ahorro puro. Algún día lo verán porque los domingos se repiten. Como se repiten las palabras huecas, las historias de amor, las novelas malas y los días de lluvia. Era un texto corto y si me pidieran que le pusiera un color, diría que era un texto azul. De ese azul que le dicen blue y lleva adentro algo desolado y sombrío.

También era un texto fantástico. No porque fuera bueno, claro que no. Era fantástico porque había un castillo en las nubes con puertas que se abrían con sólo guiñarles un ojo y túneles de chocolate y canela. También había un dragón y un corazón ahogado y una despedida. Era fantástico porque no tenía realidad, si bien estaba inspirado en la realidad. Quiero decir, a veces uno necesita metáforas para abarcar lo real.

Mientras releo esto veo que tendría que haber lanzado nomás el otro post porque este se está poniendo espeso también. El otro texto aguanta en la gatera, yo me las aguanto acá, sin agua y con nostalgia de guacamole.
Pero ché, si ya pasó el domingo. ¿Qué pasa?

Thursday, March 16, 2006


El gusto por el escribicionismo

Ni bien me enteré, quise contárselos. Después de todo, tenemos algo juntos y voy a fomentarlo. De acuerdo con la definición que aparece en un blog de reciente aparición (http://www.malaspalabras.com/) soy una escribicionista. Es decir que me exhibo escribiendo. O como dijo un comentario anónimo hace unos días, me desnudo escribiendo. En ese caso, todos ustedes son voyeurs. Cuéntenme, por favor: ¿qué cerradura los espera esta noche?

Curiosamente, las veces que hice nudismo nunca fue en una playa para tal fin. Prefiero desnudarme en arenas solitarias. Me gusta desnudarme en el agua, me hace sentir leve. Lo mejor es meterme al mar con el traje de baño puesto y después sacármelo y revolearlo hacia la arena. ¿Lo probaron?
Uy, creo que estoy rozando el camino del porno-escribicinismo. No es que quiera cortarles el mambo, pero mejor retomo en esa rotonda y sigo por la 236 que va a otro tipo de desnudez.

Entre exhibicionistas y escribicionistas la gran diferencia es el velo del papel. Bueno, y algunas más. Los exhibicionistas ven a su público, se mueven sin dejar de mirarlo a los ojos. El oficio de escribicionista es más solitario, con público apenas soñado. Según la RAE, los exhibicionistas muestran los órganos genitales. En mi caso y en el de muchos escribicionistas amigos, no es esa la intención (aunque alguna vez se escape una teta, un culo). Sí, en cambio, el prurito de contar historias en primerísima primera persona.

No sé nada sobre el escribicionismo, soy nueva en esto. Hasta ahora puedo decir que es mi ocupación secreta (o más o menos secreta si los cuento a ustedes). Que me llevó a la ruta 236, una que no aparece en los mapas. Que me desvela a gusto. Que me provoca más que muchas cosas. Creo que hay algo de comunidad, de devota cofradía cuando uno se desnuda y muchos lo miran. Especialmente cuando desnudada y ¿desnudantes? están sentados frente a un monitor, lejos unos de otros y en privada comunión.

Me gusta que ustedes, que vos por ejemplo, te meriendes este post. Que huelas una letra y te guste. Que decidas masticarte esa palabra y termines tomándote un párrafo como te tomabas la leche con Nesquik. Me gusta tenerte atrapado así, de esta manera literal y aparente. Me gusta también que después, cuando tengas ganas en realidad, puedas cagarte libremente en esa letra, en cualquier palabra, en el post entero.
Eso sí, ¡antes dejá tu comentario!

Friday, March 10, 2006

Eliseu Bras, mi última conquista

Esto no es verso. El de la foto es Eliseu Bras, mi última conquista. Qué tul. Más real que un ex, más joven que yo, hombre de pocas palabras, todo amor. No lo pienso más. Es él.

La foto no lo favorece, pero créanme que era un negro lindo o bué, un lindo negro como se dice por ahí. De verdad tendría que hacer un gran ejercicio de concentración para recordar algo aparte de su negritud.
Tal vez era alto.

No puedo decir que lo conocí. Sí que hablé con él dos veces. La primera fue casi informativa. Eliseu –recuerdo que le pregunté el nombre un par de veces- guiaba un tour por un caserío de una isla alejada. Quiero volver a ese presente. Vamos.

La isla se llama Matemo y es parte del archipiélago de Quirimbas. A una hora en Cessna de Pemba, norte de Mozambique. Africa. ¿Qué hostias hacía yo en ese lugar difícil de ubicar a pesar de las coordenadas? Quizás en otro post lo cuente. Vuelvo a Eliseu, el negro lindo, que ahora está sentado cerca mío en la camioneta.

En el Land Rover van dos pares de blancos que salen de paseo a ver negros pobres y sedientos. En realidad hacen un cultural tour, pero buá. No sólo me cuento entre esos dos pares de blancos, algo mucho peor. Igual que los franceses, me saco la foto con un negrito bebe. Lo tengo a upa y me siento madre por unos segundos. Sensación hermosa y en este caso, también patética. Lo sé.

Así es el turismo, amigos. Welcome! Ahora que lo pienso, esa salida podría incluirse dentro del pro poor tourism, una tendencia ¡mundial! que hace foco en la contribución de esta industria a la pobreza. Oh no! Me puse más patética que con el bebe en brazos. Sigo con la historia de Eliseu. Antes, otra intimidad: de todos los viajes que hice en este me senti ridículamente snob. Como nunca.

El Land Rover avanza por casas de un cuarto sobre la arena. Cerca, revolotean niños con panzas extra infladas. Como las mejillas de los que coquean acá, en el Norte. Hay palmeras y el mar turquesa está ahí nomás. Eliseu cuenta sobre la desnutrición y la gran ayuda del nuevo resort –donde yo estoy, con perdón- a la vida cotidiana de la isla. Él habla. Dice que por primera vez en su vida la gente de la isla tiene trabajo, gana dinero. Dice que Matemo isla está cambiando gracias a Matemo resort. Igual, no sé si se lo cree. Le hago varias preguntas. Suelo hacer varias preguntas. Digo, no piensen que le hago las preguntas porque es un lindo negro. No tendría problema en decirlo pero no es así. Ahora que lo pienso, compartimos un código. Oh! Nossa Senhora, lo hacemos. Estamos hablando en portugués. (Mozambique, no se si recuerdan, fue colonia portuguesa hasta hace relativamente poco).

Anoto algunas de sus respuestas, sobre todo nombres. Por ejemplo, las embarcaciones de madera que se usan ahí se llaman daos (con vela) y kangaias (tipo canoas) y las construyen ellos mismos con maderas. Ese tipo de información. Nada personal, como pueden ver.

Otro recuerdo, en passé commpossé: Eliseu también era un negro tímido. Nunca me miró fuerte ni sospechosamente. Se mostró amable y cuando le pedí un mapa me lo fue a buscar. Tardó. Al rato, me trajo un mapa y me miró a los ojos, creo, por primera vez. “Te lo plastifiqué”, me dijo. El gesto me pareció extraño, pero no le di mayor importancia. Mientras caminaba a mi cabaña pensé. Tienen una ¿máquina? que plastifica en una isla donde apenas hay agua potable, en medio del Océano Indico. Plastificarme el mapa. Esa fue una muestra de amor. ¡Esa fue su declaración! Debí haberlo advertido.

Después de tres días en Matemo, parto hacia Pemba otra vez en el Cessna. De ahí seguiré a Maputo –curioso nombre de la capital de este país- y luego a Johanesburgo. Antes de irme lo saludo desde lejos a Eliseu, que se aleja otra vez en la Land Rover con cuatro pares de gringos y un par de negros de la delegación de la República de El Congo (¡ya no es belga!) a otro cultural tour. Esta vez, blancos y negros comparten el gusto de ver negros desnutridos y sedientos. Giro mi mano y le grito ¡Até logo! El me responde con su brazo extendido. No lo vuelvo a ver. De esto hace cinco meses.

Un recuerdo más, el último. A partir de ahora, todo presente. El día que tomé notas, esa mañana del village tour, anoté también su nombre. Exclusivamente con fines periodísticos. Deben creerme. Eliseu todavía no tenía email, pero me pidió el mío. Se lo escribí como lo escribo diez veces en cada viaje. Para aumentar el spam o bancarme las cadenas. Eso creía hasta hoy, que me llega este correo: prueba contundente de mi última gran conquista.

Ola Hortensia,
Tudo bem contigo?! espero que sim.
Hortensia,tantas saudades de voce.
Desde a primeira vista fiquei muito apaixonado por voce mas nao tive maneiras de como transmitir os meus sentimentos. espero de voce uma resposta satisfatoria.
Sou Eliseu Bras,Trabalho aqui no Matemo Island Resort.trabalho na comunidade assim como sou o guiao turistica.Ja conversamos varias vezes mas assuntos de servico.
Te adoro Hortensia, tenho 28 anos de idade, tenho 1º ano de faculdade de Direito.
BJS. Eliseu.


El rito será en la mezquita de Matemo (la isla es musulmana). Igual saludaré en el atrio. Me cuesta acostumbrarme al plural, pero saludaremos, se entiende, los dos.

Thursday, March 09, 2006


Pequeñas invasiones chilenas

Un colega viene y me dice: tenés que leer este libro, está buenísimo. Me lo presta. Lo estoy leyendo. Es un libro de viajes por Chile. Lo escribe Sarah Wheeler, una periodista inglesa que atraviesa el país delgado como puede: en camión, en bondi, a pie. Cuenta historias de ruta y también, impresiones sobre los chilenos. Que dicen hueón (ella pone huevón, pero la v nunca se escucha) de la mañana a la noche, que no se bancan a los bolivianos que lloran el mar. Wheeler tiene sentido del humor y escribe bien. El libro está buenísimo.

Mis viejos andan de vacaciones por el Sur de Chile, en un crucero que recorre los fiordos por allá por Chiloé. Hace unos días me llaman por teléfono y me cuentan lo buenos que son los mariscos en Puerto Montt.
No se los dije, pero ya lo sé.

Este domingo asume Bachelet y mucha gente está pendiente del acontecimiento. Cuando hago zapping a la noche, todos los canales pasan noticias de Chile.

Mientras escribo me doy cuenta que tengo puesta una musculosa blanca con una estrella roja y azul. Ahora que la veo se parece bastante a la bandera chilena.

Justo en estos días decidí dejar definitivamente a un chileno con el que me peleo desde hace tres años. Me pregunto si será un buen momento.

(Ultimas noticias: mi íntima amiga me escribe desde Barcelona y me cuenta que se encontró con él en una librería, de casualidad, y que cuando lo abrazó sentía que abrazaba una parte mía. Fuck.)

Saturday, March 04, 2006


Rollos de sábado

Gracias a la cámara digital no tengo rollos. De película, se podrán imaginar. De los otros tengo tantos que me podría enrrollar yo misma como una estera de playa. Y guardarme en el placard hasta el verano que viene.
Así estoy después de cortar el teléfono con mi ex novio 2 (contando a partir de los 22 años). Pasaron ¡cuatro años! y viene con un planteo atorado este sábado a la noche, fresco y todavía veraniego.

En mi calidad de soltera de treintipico me disponía a comer. Preparé una ensalada de rúcula, tomatitos, hinojo y tarta de zapallitos y queso. Tomo Gancia con limón y escucho Side Steppers (Colombia siempre me anima). Eso, transitando el sábado, atravesando el desierto. Sola como un mushroom, pero entera.

Suena el teléfono y en menos de diez minutos me acusa de haberle guiñado el ojo (con segundas intenciones) hace cinco meses. Me pide explicaciones porque eso quedó en la nada. Ay mi rúcula ay el Gancia. Me cierro la boca con un pedazo de tarta. Que por qué me eché para atrás, me pregunta. “No, mirá, es que no, nada que ver”, le digo. Me habla como si hubiéramos tenido una historia. No. Sólo aquella guiñada maldita. Las palabras se calientan. Van y vienen como lanzas envenenadas. El se ríe pero está enojado y me llama por mi nombre completo. De repente, sin darme cuenta y sin quererlo, estoy discutiendo con mi ex novio 2 más fuerte que con mi ex novio 3.

No entiendo. No tendría que estar dicíendole esto a él. Me cambiaron el enemigo. Temo confundirme el nombre y eso será peor. Cortá, por favor, decí que te tenés que ir. Pero no, ¿qué me dice? Que yo todavía le debo fotos de los viajes que hicimos juntos. En esa época las cámaras digitales no eran tan populares. En esa época tenía muchos más rollos. Se podrán imaginar.