El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Tuesday, February 21, 2006


Santa María

Este sábado es distinto a todos. No es de color sábado ni tiene olor a sábado. Parece un día de antes, de una época con teléfonos que andaban mal, aunque la madre del chico down se empeñe en hacer funcionar su celular. Parece un sábado en blanco y negro, aunque las cortinas de este restaurante sean rosadas.

El sitio tiene capacidad para treinta personas pero somos menos de diez. Me rodean cuatro parejas. Una grande y redonda, la del chico down, Patricio, que ya terminó sexto grado "en un colegio normal", aclaró su madre. Otra: un porteño y una salteña, separados y empleados públicos. Ella habla de la reencarnación y los errores de otras vidas que se pagan en ésta. Hay una pareja enamorada y risueña y unida. Tan bien se los ve que apuesto a que son amantes. La última: un morocho argentino y una suiza de rulos y piernas fuertes. El me mira seductor y sorprendido, como si recordara algo que le es ajeno: una mujer argentina.
La mamá del chico down también me mira. Y hasta me habló, antes de sentarse a comer con su familia. Después del hola me preguntó si estaba sola. Cuando le respondí que sí no pudo hablar. Hizo un puchero largo con los labios y dijo pobre sin decirlo. Tenía en la cara una tristeza lejana y verde que creo que no era por mí.

Además de cortinas rosas, el lugar tiene luces dentro de dioses dorados, una chimenea con llamas y suris y hombres con cabeza de sol. Todo es sintético y de arcilla. Techo de cardón y manteles rojos y púrpuras, como el vino de Salta. Más allá de la decoración siento una tranquilidad extraña y placentera en mi primer día de viaje sola. El argentino y su suiza pidieron un champagne. Se los lleva el mismo mozo que no me trae el pan que le pedí hace 15 minutos. El corcho vuela, ellos festejan y se produce un silencio áspero y lleno de cabezas que giran a verlos. El segundo de envidia es largo. Cuando termina, el mundo vuelve a arrancar y las parejas y yo volvemos a nuestro vinito de mesa Domingo Hermanos.

De repente me acuerdo de cuando fui a un restaurante indio del SOHO de Londres, sola. Y a otro en Avila. Y a uno más en Ushuaia. En este comedor de techos altos y ecos profundos no hay música y está a punto de darme una puntada de tristeza. Pero no, sabés que no. Me gusta transitar este momento. La puntada queda pendiente para otro post.

Desde la cocina llega un sonido seco de una mano que le pega a la carne que seguramente después nos comeremos.

- ¿Todo bien señora? –me pregunta el mozo.
Como pollo la naranja con papas españolas. Comida casera, levemente pretenciosa. Tendría buen sabor, si no fuera por centro de la pechuga que está seco como el clima de la Puna. Algunas parejas terminaron de comer y se fueron. Siento que los que quedan escuchan cómo el trozo de pechuga que mastico da vueltas por mi boca. Ya tarde, llega una mesa más al dilecto comedor de las Ruinas de Quilmes, a 26 kilómetros de cualquier poblado. No es una pareja. Son tres tipos, parecen mineros. ¿Me mirarán porque les hago acordar a una mina?

- ¿Algún postre? ¿Higos en alníbar?
- Cuaresmillos, por favor.

Cada vez que se acerca a mi mesa, el mozo se pone incómodo, me habla mirando a la pared.

- ¿Siempre anda sola? –dice, por fin. Y me vuelve a preguntar qué postre pedí porque se le olvidó.
***

Hoy ya se terminó el sábado en blanco y negro. Es un lunes de lluvia Santa María, Catamarca. El micro que me trajo hasta acá pasó por el Abra del Infiernillo. Justo ahí, en medio de la niebla baja y dibujando círculos en las ventanas empañadas pensé que mi blog se va a llamar: /solteraalos35.blogspot.com

0 Comments:

Post a Comment

<< Home