El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Tuesday, February 21, 2006



Después

Sola, el tiempo dura más. Después del comedor áspero de Quilmes viene el gran salto, que no termina en un ascenso sino en un hormiguero. Mis pies tienen picaduras rojas y lloran ají puta parió entre los dedos de ciudad. Y todo por una foto que nunca saqué.

Después, José, el remisero de 38 -soltero, como yo y con dientes postizos que se mueven para arriba y para abajo cuando habla- saca una por una las hormigas coloradas de mis alpargatas sucias. Después me las pone con cuidado, como el príncipe a la Cenicienta. Después, justo antes de cruzar el río José se vuelve en su Peugeot blanco del 76.

El río lo cruzo con unos franceses exclusivos. Van en una 4x4 con una inscripción que dice: “Las Malvinas son argentinas”. El camino sube por los cerros colorados y los franceses hablan en inglés. Hace frío y está oscureciendo.
Llego a Colomé tarde, pero no importa. Nada importa a partir de ahora. Todo es glamoroso y etéreo como las espumas de El Bulli o el carpaccio de llama de José Balcarce. Colomé es un cinco estrellas en medio de la montaña. Es de un suizo que compró 39.000 hectáreas y está haciendo el vino más alto del mundo.

Después, siguen historias de extranjeros que descubren Sudamérica pagando en precios europeos. Después, como con el dueño de todo y me dice que los argentinos tenemos que aprender a aceptar cuando vienen extranjeros que saben más. Y compran y dirigen y hacen y compran más porque pueden más. Me da un ejemplo: “gracias a los hugonotes que vinieron a suiza, nosotros sabemos hacer queso y relojes”. Además de las 39.000, el suizo compró otras 24.000 cerca de Cachi.
Después ceno con T., un enólogo francés, lindo y obsesionado con sacar el mejor vino. También, un viejo amigo. La cena tiene platos gourmet, quínoaconejomasala. Todo esto huele a perfume caro y no se parece nada al comedor de Quilmes. El vino es poderoso, espeso y casi negro. Me gustá comer con T. Hablamos de vinos y nos reímos.
Después y casi sin querer, hablo con A., un joven dictador de alcurnia. Sombrero Panamá, traje, papa en la boca, ojos celestes, dolor seco y mentiras blandas. Tiene 24 años y me cuenta su tránsito por mundos subterráneos, enredados y de los que no se sale fácilmente. Él dice que salió, descalzo y con túnica. Habla sin parar. Como si hubiera coqueado. Pero él no coquearía, sí tomaría. Su nombre tiene a de auxilio y ene de necesidad.

Después del glamour, el rouge colorado y las dos gotas de Givenchy antes de cenar con T.
subo a un camión, muy temprano. Es el camión de Pacho, que va lento por caminos de cornisa. Tardo tres horas para hacer 40 kilómetros. Pacho maneja y coquea. Janet, su novia no habla. El disco de cumbia va por la tercera vuelta. “Los demás están rayados”, me dice Janet.
Me dejan en un cruce, con sol y sin un alma. Es la primera vez que cargo la mochila, con un par de vinos adentro. Pesa.
Después veo que viene un tractor y le grito: “¿Quepo?” Me mira sin entender y sigue de largo. Pienso que no registró la conjugación del verbo caber. Pucha.

En Seclantás todo fluye, como los ríos que en esta época bajan de las montañas. Fluyeron las empanadas al horno de El Corchito (a pesar de la grasa) y fluye el viaje en remís con Guiso M. hasta Cachi, donde llegaré en un rato.
Guiso me trata como si me conociera de siempre. Es inteligente y cada tres palabras dice ché. Tiene 42 y tres hijos. El último fue varón y ahí paró. Es tejedor de telar. Lo aprendió a fuerza de cinto de cuero en la espalda. Hoy le gusta. Vamos en su Renault 12 colorado.

- Vos, ¿sos soltera?
- Si
- ¿Cuántos años tenés?
- 35
- ¿Y no querés tener hijos?
- Creo que sí.
- Entonces dale, mamita, porque ya estás pasadita.

Después de su comentario nos reímos mucho y el auto se mueve más que con los pozos.
Después, visitamos al Tero, en el paraje El Colte. El Tero hace los ponchos más famosos de Seclantás. Le hizo ponchos a Los Chalchaleros y al Papa. Son famosos, pero no son los mejores. Eso dice la gente por acá.
Después viajamos por la 40 angosta, llena de baches, destrozada y hermosa.

Después llegamos a Cachi, donde estoy ahora, mirando la tormenta de verano desde un bar. Escribo a vela porque la lluvia se llevó la luz.

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