El mundo de Hortensia Kauri

Anécdotas y contradicciones de los treintipico. También, música, amores, andanzas.

Wednesday, February 22, 2006

El hombre que habla


No sé por qué carajo llego a la hora indicada al aeropuerto de Salta. No es temprano ni es tarde, es la hora indicada, cuando todos los pasajeros hacen fila. Y la fila marca un zig zag largo y los empleados son pocos y toca esperar. Ahora entiendo por qué siempre llego tarde. Me pongo en la fila, a esperar. Todavía no sé que terminaré escuchando.

Adelante, un par de salteños juiciosos y rubios. Llevan camisas de la marca Cardón, el nuevo Lacoste del campo. Atrás, dos tipos que por la conversación deduzco que han estado en un tour o en algún viaje de incentivo de trabajo. Andan por los cincuenta y cotorrean más que dos mujeres en la peluquería.

En realidad, uno habla y el otro escucha. El hombre que habla está vestido de marrón y tiene voz ronca. Lleva el apuro de la ciudad y siempre mira al piso. Empuja su carrito más rápido que la velocidad de la cola. Ya no está atrás mío, ahora se puso a la par. El no se da cuenta, pero así lo veo mejor: tiene cara alargada, tipo caballo, papada y camisa a cuadros medio salida del pantalón. No lleva cinturón y le faltan un par de dientes de atrás.
El hombre que escucha es un hombre gris, el pelo, la barba el pantalón y la remera. Hasta lo veo gris por dentro, sin consistencia, con suero en vez de sangre.Gris.

Ahora entona y dice, el hombre que habla:

-¿Viste cómo tomaba Brenda? Buá, todas las minas estaban medio en pedo. Pero a Brenda la tocabas y se caía. Decíme si el pibe ese no fue un caballero. Si quería se la podría haber volteado. Tranquilamente. Ella estaba regalada. En realidad no sabemos qué pasó pero yo lo vi irse solo... Brenda es una buena piba. Se quiere casar, pero se le pasó la edad. Ahora le quedan o maricones que se dieron vuelta o nenitos de mamá. Mirá, la cosa es así: si las minas no se casan hasta cierta edad cagaron fuego. Te lo firmo. Brenda ahora está bien porque tiene un puesto importante y todos le tiran flores, pero llega a la casa y esa piba está sola. Mirála, mirála más allá del culo y vas a ver que necesita una familia.

Esta pausa es caprichosa. El hombre que habla no la necesita. Habla de corrido como si lo corrieran de atrás. Cada tanto mira alrededor. Brenda debe andar por acá. Gira la cabeza otra vez. Yo misma me descubro buscando a Brenda.

Sigue hablando, el hombre que habla:

-Una familia es una contención, ¿te das cuenta? Una familia es alguien a quien llamar cuando estás afuera, una familia es alguien que te escuche los problemas, una familia es compartir los buenos y malos momentos. La soledad es terrible. A la soledad no hay con qué darle... Uy me puse filosófico –remata el hombre que habla y mira de reojo al hombre que escucha, el hombre gris.

-Mario, vos tendrías que tener un programa de radio. Sos bueno para hablar y tenés la misma voz que Pinti – dice el hombre gris.

-Nooo, ¿si?

De repente, el hombre que habla se calla. Me imagino que se imagina firmando autógrafos en la salida de la radio. Pero su imaginación dura menos que una tanda publicitaria y un segundo después está hablando de nuevo.
Estoy a punto de preguntar si venden tapones para oídos en el kiosko cuando la empleada de traje celeste levanta las cejas y dice: ¿quién sigue?
Sigo yo. Menos mal. Más tarde me enteraré que venden empanadas salteñas congeladas, pero hasta hoy tapones nadie les pidió. "¿Volar le hace mal a los oídos?", me preguntó el kioskero.

***

Dos horas más tarde el avión llega a Buenos Aires. El hombre que habla sigue hablando. El hombre que escucha, escucha sin escuchar. Ya no es gris y tiene en la mirada un asesino agazapado.

Tuesday, February 21, 2006



Después

Sola, el tiempo dura más. Después del comedor áspero de Quilmes viene el gran salto, que no termina en un ascenso sino en un hormiguero. Mis pies tienen picaduras rojas y lloran ají puta parió entre los dedos de ciudad. Y todo por una foto que nunca saqué.

Después, José, el remisero de 38 -soltero, como yo y con dientes postizos que se mueven para arriba y para abajo cuando habla- saca una por una las hormigas coloradas de mis alpargatas sucias. Después me las pone con cuidado, como el príncipe a la Cenicienta. Después, justo antes de cruzar el río José se vuelve en su Peugeot blanco del 76.

El río lo cruzo con unos franceses exclusivos. Van en una 4x4 con una inscripción que dice: “Las Malvinas son argentinas”. El camino sube por los cerros colorados y los franceses hablan en inglés. Hace frío y está oscureciendo.
Llego a Colomé tarde, pero no importa. Nada importa a partir de ahora. Todo es glamoroso y etéreo como las espumas de El Bulli o el carpaccio de llama de José Balcarce. Colomé es un cinco estrellas en medio de la montaña. Es de un suizo que compró 39.000 hectáreas y está haciendo el vino más alto del mundo.

Después, siguen historias de extranjeros que descubren Sudamérica pagando en precios europeos. Después, como con el dueño de todo y me dice que los argentinos tenemos que aprender a aceptar cuando vienen extranjeros que saben más. Y compran y dirigen y hacen y compran más porque pueden más. Me da un ejemplo: “gracias a los hugonotes que vinieron a suiza, nosotros sabemos hacer queso y relojes”. Además de las 39.000, el suizo compró otras 24.000 cerca de Cachi.
Después ceno con T., un enólogo francés, lindo y obsesionado con sacar el mejor vino. También, un viejo amigo. La cena tiene platos gourmet, quínoaconejomasala. Todo esto huele a perfume caro y no se parece nada al comedor de Quilmes. El vino es poderoso, espeso y casi negro. Me gustá comer con T. Hablamos de vinos y nos reímos.
Después y casi sin querer, hablo con A., un joven dictador de alcurnia. Sombrero Panamá, traje, papa en la boca, ojos celestes, dolor seco y mentiras blandas. Tiene 24 años y me cuenta su tránsito por mundos subterráneos, enredados y de los que no se sale fácilmente. Él dice que salió, descalzo y con túnica. Habla sin parar. Como si hubiera coqueado. Pero él no coquearía, sí tomaría. Su nombre tiene a de auxilio y ene de necesidad.

Después del glamour, el rouge colorado y las dos gotas de Givenchy antes de cenar con T.
subo a un camión, muy temprano. Es el camión de Pacho, que va lento por caminos de cornisa. Tardo tres horas para hacer 40 kilómetros. Pacho maneja y coquea. Janet, su novia no habla. El disco de cumbia va por la tercera vuelta. “Los demás están rayados”, me dice Janet.
Me dejan en un cruce, con sol y sin un alma. Es la primera vez que cargo la mochila, con un par de vinos adentro. Pesa.
Después veo que viene un tractor y le grito: “¿Quepo?” Me mira sin entender y sigue de largo. Pienso que no registró la conjugación del verbo caber. Pucha.

En Seclantás todo fluye, como los ríos que en esta época bajan de las montañas. Fluyeron las empanadas al horno de El Corchito (a pesar de la grasa) y fluye el viaje en remís con Guiso M. hasta Cachi, donde llegaré en un rato.
Guiso me trata como si me conociera de siempre. Es inteligente y cada tres palabras dice ché. Tiene 42 y tres hijos. El último fue varón y ahí paró. Es tejedor de telar. Lo aprendió a fuerza de cinto de cuero en la espalda. Hoy le gusta. Vamos en su Renault 12 colorado.

- Vos, ¿sos soltera?
- Si
- ¿Cuántos años tenés?
- 35
- ¿Y no querés tener hijos?
- Creo que sí.
- Entonces dale, mamita, porque ya estás pasadita.

Después de su comentario nos reímos mucho y el auto se mueve más que con los pozos.
Después, visitamos al Tero, en el paraje El Colte. El Tero hace los ponchos más famosos de Seclantás. Le hizo ponchos a Los Chalchaleros y al Papa. Son famosos, pero no son los mejores. Eso dice la gente por acá.
Después viajamos por la 40 angosta, llena de baches, destrozada y hermosa.

Después llegamos a Cachi, donde estoy ahora, mirando la tormenta de verano desde un bar. Escribo a vela porque la lluvia se llevó la luz.


Santa María

Este sábado es distinto a todos. No es de color sábado ni tiene olor a sábado. Parece un día de antes, de una época con teléfonos que andaban mal, aunque la madre del chico down se empeñe en hacer funcionar su celular. Parece un sábado en blanco y negro, aunque las cortinas de este restaurante sean rosadas.

El sitio tiene capacidad para treinta personas pero somos menos de diez. Me rodean cuatro parejas. Una grande y redonda, la del chico down, Patricio, que ya terminó sexto grado "en un colegio normal", aclaró su madre. Otra: un porteño y una salteña, separados y empleados públicos. Ella habla de la reencarnación y los errores de otras vidas que se pagan en ésta. Hay una pareja enamorada y risueña y unida. Tan bien se los ve que apuesto a que son amantes. La última: un morocho argentino y una suiza de rulos y piernas fuertes. El me mira seductor y sorprendido, como si recordara algo que le es ajeno: una mujer argentina.
La mamá del chico down también me mira. Y hasta me habló, antes de sentarse a comer con su familia. Después del hola me preguntó si estaba sola. Cuando le respondí que sí no pudo hablar. Hizo un puchero largo con los labios y dijo pobre sin decirlo. Tenía en la cara una tristeza lejana y verde que creo que no era por mí.

Además de cortinas rosas, el lugar tiene luces dentro de dioses dorados, una chimenea con llamas y suris y hombres con cabeza de sol. Todo es sintético y de arcilla. Techo de cardón y manteles rojos y púrpuras, como el vino de Salta. Más allá de la decoración siento una tranquilidad extraña y placentera en mi primer día de viaje sola. El argentino y su suiza pidieron un champagne. Se los lleva el mismo mozo que no me trae el pan que le pedí hace 15 minutos. El corcho vuela, ellos festejan y se produce un silencio áspero y lleno de cabezas que giran a verlos. El segundo de envidia es largo. Cuando termina, el mundo vuelve a arrancar y las parejas y yo volvemos a nuestro vinito de mesa Domingo Hermanos.

De repente me acuerdo de cuando fui a un restaurante indio del SOHO de Londres, sola. Y a otro en Avila. Y a uno más en Ushuaia. En este comedor de techos altos y ecos profundos no hay música y está a punto de darme una puntada de tristeza. Pero no, sabés que no. Me gusta transitar este momento. La puntada queda pendiente para otro post.

Desde la cocina llega un sonido seco de una mano que le pega a la carne que seguramente después nos comeremos.

- ¿Todo bien señora? –me pregunta el mozo.
Como pollo la naranja con papas españolas. Comida casera, levemente pretenciosa. Tendría buen sabor, si no fuera por centro de la pechuga que está seco como el clima de la Puna. Algunas parejas terminaron de comer y se fueron. Siento que los que quedan escuchan cómo el trozo de pechuga que mastico da vueltas por mi boca. Ya tarde, llega una mesa más al dilecto comedor de las Ruinas de Quilmes, a 26 kilómetros de cualquier poblado. No es una pareja. Son tres tipos, parecen mineros. ¿Me mirarán porque les hago acordar a una mina?

- ¿Algún postre? ¿Higos en alníbar?
- Cuaresmillos, por favor.

Cada vez que se acerca a mi mesa, el mozo se pone incómodo, me habla mirando a la pared.

- ¿Siempre anda sola? –dice, por fin. Y me vuelve a preguntar qué postre pedí porque se le olvidó.
***

Hoy ya se terminó el sábado en blanco y negro. Es un lunes de lluvia Santa María, Catamarca. El micro que me trajo hasta acá pasó por el Abra del Infiernillo. Justo ahí, en medio de la niebla baja y dibujando círculos en las ventanas empañadas pensé que mi blog se va a llamar: /solteraalos35.blogspot.com