Richard: el día despuésSi no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay 34 grados, sol y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.
Algunos tienen la certeza de los hijos, un marido, la casa propia, el mejor trabajo, un sueldazo. La mía, mi única certerza es que mañana volaré a Aruba, que pasado mañana estaré hospedada en un hotel con vista al mar turquesa, que el día después de pasado mañana alguien me contará sobre su vida en Aruba.
¿Movimiento infinito? ¿sueño del viaje interminable? ¿paisajes acumulados? ¿historias? ¿horas de vuelo? No lo sé, pero el viaje es mi certeza. La que me permite acostarme medianamente inspirada a pesar del bueno de Richard, que habló toda la noche y era tan estructurado que en un momento me dijo, como preguntándome, que si yo era ¿moderna?
Una vez leí un libro de Boris Vian, La Hierba Roja. En un momento dice algo así como que el recuerdo nunca es puro porque está afectado por los pensamientos, que lo custumizan como quieren (Boris Vian fue más poético, seguro).
No voy a decir que me lo imaginaba más alto, sería un detalle. Además, no era petiso para nada. Tampoco comentaré que usaba zapatos náuticos. Ni siquiera mencionaré sus patillas cuidadosamente afeitadas como triángulo isósceles.
Vamos a comer al nuevo Masamadre, en Olleros y Fraga, más coqueto que el anterior. Estoy famélica, así que mientras lo escucho me devoro la panera. Cuando la moza me sirve el vino a mí primero, él comenta: “Mirá, te lo dio a probar a vos”. Más tarde, cuando yo sirvo más vino porque las copas están vacías, me dice: “Uy, disculpá”.
No pasa nada, Richard.
Rewind. A Richard lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta del piso 25. Después un par de veces el año pasado, en el civil y en la fiesta de casamiento de Ali, mi amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de que estaba con su novia, me miró largo y con cierto placer histérico. También lo miré, más corto y cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.
De alguna manera, siento (sentía, bá) que la mirada lleva toda la información de una persona: aventuras, tristezas, perversiones, esperanzas y odios. La mirada es una etiqueta, en otro orden, un nombre. Durante mucho tiempo entendí a la gente sólo mirándola. También hablaba, claro. Pero el entendimiento se producía en el encuentro de miradas. Más o menos, como cuando los gemelos fantásticos chocaban los anillos. Pero los modelos están cambiando o las miradas vienen vacías o estaré envejeciendo.
Todo esto de la mirada es por Richard, que toca el portero eléctrico a eso de las 23.30. Cuando bajo y abro la puerta, me asusto (aunque sonrío, claro) porque no encuentro esa mirada que recordaba. Ya vendrá, pensé. Estará escondida, será tímida, va a aparecer. Espero. En lugar de la mirada, viene la comida y él me pregunta si no uso un cordón rojo contra la envidia (por los viajes, creo, cómo explicarle que son mis certezas, se complica) y él me muestra el suyo, entre otros varios collares y cintas que me hacen acordar más al cuello de un perro que al de Richard, el de la mirada histérica y celeste de cuando fuimos testigos del casamiento de Ali.
Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
- A mí siempre me fue el dulce de leche, dice.
- A mí me gusta el coco y la naranja, digo.
Él pone cara de no. Entonces yo cedo porque dicen que en la pareja hay que ceder, así que practico aunque no tengo pareja.
- ¿Chocolate te va?
Compartimos el postre. Me cuenta que los amigos le enseñaron a hacer patis al horno y que yo le parezco “de mundo” porque sé qué es el marquise.
- ¿Más vino, Richard?
- Uy, de nuevo, disculpá
La noche terminó en el auto. Ninguna ilusión, puras palabras (¡y yo que me había depilado!) Hoy, el día después, puedo decir que sé mucho de Richard. Sé sobre sus andanzas en moto, una choper, por la Patagonia porque en la época de Menem, cuando todo el mundo viajaba, él gastó en conocer Argentina. Sé que le gusta navegar, pero que vendió su barco y como no tenía trabajo al final “se lo comió”. Sé que tiene una madre y un hermano, que es peronista, “pero de Perón, eh”. Que estudió imagen y sonido, pero que también le gusta la producción, “puedo estar adelante y atrás de cámara, en las artes visuales, quiero probar todo”. Sé que fue coordinador de viajes a Bariloche y que tiene un perro que se llama Corcho “que es un hincha pelotas”. Sé sobre su ex novia y sé que tengo los ojos chinos por el vino (que me serví). También sé que el tiempo pasa y no veo tus ojos, Richard, no encuentro tu mirada. ¿Será que no hay buenos faroles en mi cuadra?
Se que no me gustaría estar pensando en quien estoy pensando y mucho menos contarlo. Lo sé, ¿y con eso qué?
También sé que en un rato me llamará la madre de Ali, mi amiga. Ayer, cuando le conté que saldría con Richard me dijo: “¡Taradita, yo te hice gancho! ¿No te das cuenta que le hablé a Damián (el marido de mi amiga Ali) de Richard y vos?” Antes de cortar el teléfono, me dijo: “Vos no le cuentes a nadie que vas a salir porque hay mucha envidia y dejáme a mí que le rezo a San Expedito para que se te dé”. De... Demás está decir que gracias, Clarita, mejor rezá por vos que yo me voy a Aruba.